Penas eternas

alison

Otra gran pena me ha tocado vivir en mis años de trajinar por cerros y arenales tratando de ayudar a los desposeídos de la tierra, esta vez con el fallecimiento de la niña Alison López Sinchi, de cuatro años de edad, y miembro del Comedor Peruanitos. La pequeña había sido operada, de un tumor en la cabeza, el 8 de agosto, y falleció el 23 tras catorce días de permanecer en coma profundo.

Pena grande, digo, porque los humanos siempre deseamos que los hijos entierren a sus padres y no que los padres entierren a sus hijos, más aún, como en el caso de Alison, que estaba recién en los albores de la vida. Pero Dios, en su infinita sabiduría, sabe lo que hace, y cada día, y con este tipo de situaciones, prueba nuestros corazones y nuestra dependencia de él, nuestro Creador.

Alison asistía a nuestro comedor desde el año pasado, y era una niña tranquila, que tomaba su desayuno con la mejor disposición, y siempre junto a sus primas Nicol y Angie. Sus padres habían llegado del Cusco, hace varios años, con la misma idea que abrazan los millones de provincianos que llegan a la capital: buscar trabajo, hallar nuevas oportunidades de vida, seguir, prosperar.

Y llegaron al Cerro Candela, al asentamiento humano Vista Alegre, donde compartían casa con otra familia, una casita pobre en un lugar pobre. Es decir, lo que podían sustentar con el escaso jornal que ganaban en Relima, la empresa de limpieza pública de Lima. Y en Lima, en este cerro de tantas carencias, debieron enfrentar la temprana partida de la menor de sus hijas. Qué pena!

Penas anteriores, también grandes, habíamos tenido en el centro poblado Nuevo Ayacucho, un inmenso arenal en uno de los distritos de la negra Chincha, donde, hace varios años, habíamos estado ayudando a los niños con paquetes escolares para sus estudios. En el evento conocimos a una niña, América, de 15 años de edad, cargando, sobre sus espaldas, a un niño, su niño.

El pequeño estaba demacrado, y por eso, en coordinación con nuestros donantes, ofrecimos a la mamá adolescente conseguir alguna ayuda en Lima y volver a su pueblo en el futuro cercano. Y así fue, pues dentro de un mes volvimos a Chincha, con nuestro cargamento de ayuda, y al bajar del ómnibus, y al entrar al pueblito, una mamá nos dijo que el niño había fallecido el día anterior.

También nos dijo que América estaba en Cañete buscando que le entregaran el cadáver de su niño previo pago de trescientos soles. Solo pudimos dejar la carga a un familiar de la chica, y volvimos a Lima con una tremenda pena; el niño se llamaba Joziel, y se había ido sin despedirse. Y ni siquiera había cumplido un año de edad, ni se había enterado a qué tipo de mundo había venido!

Un tercer episodio que nos produjo una pena profunda (hablo de mi esposa Adriana y yo), tuvimos en otro cerro al cual llegamos y encontramos un niño, de doce años de edad, en una situación muy delicada: sufría de meningitis, adquirida al nacer, y estaba al cuidado de sus abuelos. Y falleció a los dos años de haberlo conocido, y mientras era miembro especial de nuestro comedor.

Mi condición de escritor ayuda para muchas cosas, pero para narrar penas hubiera preferido ser otra cosa. ¡Que Dios se apiade de las familias que viven en los lugares de extrema pobreza!

Tito Pérez

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